miércoles 19 de noviembre de 2008

LA MADRE DEL AGUA

- ¡Bueno amigos, ¡esto está para chuparse los dedos! Aprovechen, pues de este bocado tal vez nunca vuelvan a probar en sus vidas! – Les decía Ernesto sirviéndoles platados de papas chorriadas y una buena porción de carne de venado asada.

- Por cazadores como usted fue como los venados desaparecieron de La Peña – dijo alguno con la boca llena y añadió - ¿en dónde lo cazó?

- En Llano Grande. Son venados que suben por La Vega de Sotaquirá; se pasan a La Peña de Cómbita y buscando comida o agua de manantial bajan por el camino del Cajón y aquí cualquiera los coge. Este era el segundo, el otro lo cogieron vivo y se lo regalaron al cura.

La cena alrededor de un fogón improvisado en una casa abandonada estaba deliciosa. La luz de la fogata brillaba en los ojos de los doce muchachos y todos lloriqueaban por el humo de la leña verde pero comían con ganas.

¿Se acuerdan de ese tal Eusinio, el que desde hace cinco años se la pasaba subiendo a La Peña a tomar fotografías y andaba por la vereda preguntando cuentos de La Peña? Les preguntó Luis, atrayendo la atención de todos.

- Ah si; el mismo que andaba tras la nieta de don Rafael Falla – agregó otro.

- ¡María Paula es todo un bombón. ¡Qué preciosa mujer!... y parece que ese man se la trastió- añadió alguien.

- No creo, por esta época Eusinio vino el año pasado a la casa de Rafael Falla; traía libros para regalar así como éste- afirmó Luis, mostrando uno y agregó: - Para sorpresa nuestra también venía a buscar a María Paula y nosotros que pensábamos que estaba con ella –

- Pero como por meses anduvieron juntos de casa en casa por toda la Vereda de Santa Bárbara y a veces se la llevaba para Tunja – le contestaron.

- Son habladurías de la gente. Eusinio le aclaró al abuelo afirmando, eso sí, que eran muy buenos amigos. El hombre se asustó pues desde hacía una semana María Paula había desaparecido de la Vereda y no contestaba el celular. Por eso vino. Desesperado fue a hablar con Sofía Pineda, la mejor amiga de María Paula y tampoco logró nada. Pobre hombre, volvió donde el abuelo y lloró como un chino chico. De pronto se repuso, pidió al abuelo un almanaque Bristol y apenas viéndolo exclamó - ¡María Paula está en La Peña. Estamos en luna llena! – Enseguida entregó los libros al abuelo, empacó viandas y se fue para La Peña.

- Yo lo dudo, en todo caso desde esa época María Paula dejó solo al abuelo y quien sabe si el Eusinio se las trae con ella- Contestó otro.

- Lo que pasa es que Eusinio se hizo bien cachas con el abuelo, pues éste le contó las mejores historias de La Peña, entre esas la leyenda de la Madre del Agua y mandó que María Paula lo llevara a donde sabían cuentos de La Peña – Afirmó alguien del grupo.

Los platos estaban vacíos, el guarapo se había acabado, afuera llovía a cántaros y por el calor de la fogata y la satisfacción de la cena todos querían seguir hablando de María Paula y Eusinio. Luis sacó una garrafa plástica de galón que tenía escondida entre los bultos de papa y en los mismos pocillos del guarapo, mientras les servía chirrinche, decía:

- Esa historia está en este libro. Si quieren la leo-

- Claro hermano, pa antier es tarde! – le rogaron Luis encendió una vela adicional, se la entregó al hermano y abriendo el libro en la página 64, a la luz de la vela, le mostró a cada uno la bella ilustración a color con pie de texto que decía “La Madre del Agua”.

- ¡Se parecía María Paula! Gritaron algunos, pero Luis sin ofuscarse por su prima, sentándose sobre un bulto de papa empezó a leer:

“Haber conocido a María Paula Falla, fue un regalo de Dios en un momento oportuno; ella con la dulzura de su voz abría las puertas de las casas y con su sonrisa ponía de par en par los corazones que sabían historias de La Peña. Los abuelos se rendían hipnotizados ante sus ojos negros y contemplando su rostro alegre de mujer joven y bella se tranquilizaban y nos iban contando los increíbles relatos de este libro. Lo paradójico fue que don Rafael Falla; por causa de yo haber compartido tanto tiempo con María Paula; se puso receloso y desconfiado conmigo y por meses estuvo dando largas al asunto, de modo que lo que yo sabía de las historias del abuelo era por boca de su nieta.

Me encanta María Paula; ¡ese cabello lacio acariciando su rostro moreno o jugando en su espalda! ¡me subyuga su simpatía, sus ojos me cuestionan y me obligan a ser mejor y a ser sincero; me doblega su alegría por el trabajo: Pregunta, cuestiona, compara, agrega, cree, toma notas, dibuja, toma fotos, graba videos y uno queda anonadado al ver el entusiasmo con que se interesa por este tema. Por eso fui a buscarla, por eso lloré. Necesitaba las historias de don Rafael pero encontré al abuelo muy contrariado por la ausencia de su nieta. Yo no sabía nada. ¡Cuánto diera por tener amores con tan preciosa criatura!: El corazón de María Paula anda lejos del mío. Ese día cuando consultaba el Bristol de don Rafael me acordé de sus palabras –“si una tiene rectitud de espíritu, ¡si busca el tiempo lunar!, si tiene resolución, si tiene fe; puede ir a los sitios de poder y el encanto se repite”- no lo dudé más, monté en la bicicleta y como un loco pasé por El Espartillal, El Petaquinal y bajé raudo a Llano Grande y Piedra Blanca; dejé la bicicleta en la casa de Floro Rendón y empecé a andar por el Camino de la Serranía a las diez de la mañana.

Subía casi gateando apartando con las manos el chusque que invadía el sendero cuando un chuzo me hirió con fuerza en el rostro. Desconsolado me senté enjugando el sudor y la sangre que no paraba de manar; pensé en otra frase de María Paula – “si a mi abuelo se le apareció la Virgen ¿por qué no a mí?- ¿Pero en cuál laguna si ella nunca lo dijo? Volví a razonar. Se oía claro el rumor de la quebrada Agua Tendida, viendo que la sangre seguía brotando opté por Laguna Negra que es la más grande. Arranqué con furia el chusque que me hirió y caminé sin descanso hasta el cruce de la quebrada Las Pilas; me bañé la cara con esa agua tan fría y cristalina hasta que la sangre dejó de brotar; bebí agua del sabor más agradable y puro de La Peña y a grandes pasos crucé por Chital Plano hasta llegar exhausto a la Puerta del Valle al mediodía. Se siente la libertad del espíritu ante la imponencia de la naturaleza. Hacía un día esplendoroso con paisajes de ensoñación a donde uno mirara desde los 3.900 m.s.n.m. Hubo un Zaque de Hunza llamado Tomagata que tenía una hermana única a quien quería dar por esposa al Cacique Cómbita para convertirla en madre del siguiente Zaque de Hunza, su heredero. Guaranoa no quiso aceptar y por castigo fue condenada a vivir desterrada en La Peña. De Guaranoa nunca se volvió a saber y al Zaque Tomagata lo sucedió su hermano Tutasúa; rompiendo la tradición de que el sucesor debía ser un sobrino. En todas las lagunas de La Peña los Muiscas hicieron ceremonias de consagración de sus caciques y otras festividades, en especial en Laguna Rica, la más alta de las lagunas, en donde también se celebraba el Rito del Dorado.

Desde hace casi cien años y hasta hace ocho, los habitantes de Santa Bárbara escogieron La Peña para pastoreo de sus ganados y cabras. Fue durante sus correrías de vaqueros y cazadores que algunos de ellos se les aparecía en cualquier laguna una mujer bañándose sobre una balsa y en especial a don Rafael Falla, quien la vio varias veces. – “La que se le aparecía a mi abuelo en la laguna era Guaranoa y por eso él la bautizó, “la Madre del Agua” – dijo un día María Paula con tal certeza que todavía resuena, como un encanto, su voz en todo mi ser. Pensando en cómo habría sido la vida de Guaranoa en La Peña bajé ensimismado desde la Puerta del Valle hasta la quebrada Las Panelas donde recogí agua para la travesía hasta Laguna Negra a la una de la tarde.

No lo puedo negar: María Paula me atrae, me gusta. Desesperado hice el trayecto en dos horas sin que importaran las espinas de la cañuela. Cuando me acercaba a la colina desde donde se ve en toda su plenitud Laguna Negra; me detuve: Era un 16 de octubre, último día de luna llena ¿por qué, si María Paula vino aquí, se habría demorado tanto? Pensé. Miré mi reloj: eran las tres de la tarde, iba a reanudar la marcha cuando una voz que venía de la laguna inundó la tarde de remotos recuerdos con una increíble melodía: Parecía el tono divino de Paloma San Basilio cantando “No llores por mi Argentina”, pero era una canción muisca en un lenguaje del que no entendía ni una palabra pero que colmaba mi ser con un gozo similar al clímax del amor. En ese estado de arrobamiento, con mucho sigilo, alcancé la colina. No entendía el por qué en época de invierno La Peña estaba despejada como en verano. No era María Paula la que cantaba pero al remontar la colina esperaba verla. No fue así: quedé anonadado: Cerca a la orilla occidental de Laguna Negra; flotaba con todo el esplendor del oro en un día soleado una balsa muisca y de pie, sobre la balsa, bella como una diosa muisca ataviada con un vestido color naranja resplandecía en toda la plenitud de la belleza de una virgen de la edad de María Paula. La balsa y lo que había en ésta no paraba de reverberar la luz del sol que con fuerza calentaba mis espaldas. Como un gato al acecho caminaba a la laguna hechizado por la súbita visión. De repente dejó de cantar, dio media vuelta, se despojó del vestido y desnuda se sentó en un duho. Conturbado detuve mis pasos. María Paula estaba sentada a la orilla de la Laguna vestida con un traje muisca de color azul y sin notar mi presencia no se perdía un detalle del ritual del baño. María Paula estaba bellísima. En éxtasis. En otras circunstancias hubiera gritado de alegría, hubiera corrido hacia ella, la habría abrazado, hubiera llorado; pero no podía. Decidí sentarme a pocos pasos de ella. El silencio absoluto por momentos era interrumpido por un agradable sonido agudo originado por el vibrar de la brisa con alguna laminilla de la diadema o el collar de Guaranoa. El tiempo era eterno, Guaranoa, luego del baño se volvió a sentar en su duho y pasaba una y otra vez un peine entre sus dorados, largos y lacios cabellos que a intervalos lanzaba a un lado o al otro de su espalda y los volvía a peinar. A sus pies, el traje, sobre éste la diadema y el collar; y a un lado un cuenco doble, uno sencillo; un cántaro, una múcura y una jarra fulguraban con el picante sol del atardecer.

Transportado me deleitaba en la escultural figura de Guanaroa que escogió morir virgen a ser la madre de un Zaque y en mi delirio pensé que la podía fotografíar. Con sumo cuidado quise alistar la cámara cuando un chapaleo violento como el de un gran pez que se zambulle hundió la balsa dejando una vorágine sobre la superficie negra de la laguna. Como un tonto con una cámara en las manos escuché el regaño displicente de María Paula -¡Igual que mi abuela… se tiró el encanto!...

-¡Bueno muchachos: se acabó el chirrinche y ya escampó. Así que cada cual a su casita, otro día leemos más historias!-.


EUSINIO TOCARRUNCHO ALBA